PRÓLOGO

Al llegar a una cierta edad, nos vemos obligados a estudiar el conflicto armado que transcurrió entre los años 1936 y 1939: la Guerra Civil Española. Pero la mayoría de las cosas que se hacen por obligación, no calan en la memoria. Fechas, nombres, batallas, y un sin fin de datos que memorizamos para aprobar el examen del jueves. A esto puede verse reducida la Guerra Civil, a un montón de nombres sin cara, a unas pocas cifras, a unos pocos números. Hasta hace muy poco tiempo, la Guerra Civil para mí, no era mucho más que esto.

“Recuerdos de mi niñez”, trata este tema desde un punto de vista muy personal, esto permite que, jóvenes como yo, vivamos lo que pasó. Esos primeros momentos de desconcierto generalizado, esa amenaza permanente de no saber que pasará mañana, y la aceptación de que tu país está en guerra, y tu vida corre peligro porque tu casa esta en medio del campo de batalla. Pues bien, esto le pasó a muchísima gente. Por esta experiencia también pasó mi abuelo, Jorge Villavecchia. Una persona que está tan cercana a mí como lo está mi madre o mis hermanos que conviven bajo mi mismo techo. Las tragedias a todos nos afectan, pero estremecen cuando nos son tan próximas.

Mi abuelo tiene la experiencia y la sabiduría del que ha estado en primera fila de los acontecimientos.  En un relato como este sobran las florituras y las palabras rebuscadas, no son necesarias. Y sobran porque empañarían lo que verdaderamente se está queriendo transmitir. Las palabras aquí, no son más que el instrumento para poder sacar al exterior estos imborrables recuerdos.

¡Que difícil me resulta, no dejarme llevar por el sentimentalismo y las palabras emotivas! Llenaría hojas y hojas elogiando la capacidad de superación de mi abuelo, y la admiración profunda que siento por él. Muchos de los que hemos tenido el privilegio de leer este relato conocemos perfectamente a mi abuelo, por lo que no hace falta que yo venga a contaros lo que ya sabéis. 

Aunque, ¿lo conocemos de verdad?  Si, puede que si, pero al que no conocemos es al protagonista de esta historia, el niño de 11 años que observó y juzgó todo lo que aquí se cuenta. Un niño que no olvidó un solo detalle de esos días.

Es imposible no toparse con el episodio más triste de estas páginas, no hace falta ni que le ponga nombre, todos sabéis a que me refiero. El tiempo todo lo cura, o por lo menos eso dicen, yo ya no estoy tan seguro. Ya que hay heridas que no siempre cicatrizan con el tiempo.

La vida pasa por momentos felices y momentos tristes, los tristes muchas veces son inevitables, pero son los felices los que hacen posible sobrellevarlos. En este caso, los momentos tristes se sucedían sin descanso, uno tras otro, parecía imposible encontrar un resquicio de esperanza. Y sin embargo, siempre estaba ahí, preparada para tomar el relevo. Los momentos tristes, ahí están, y ahí se van a quedar para siempre. Los felices corresponden a la segunda parte de la vida de mi abuelo, en la que está junto a mi abuela, junto a mi madre, junto a mis tíos, y junto con todas esas personas a las que nos gusta reunirnos los domingos en su casa.

Para mí, mi abuelo será siempre mi abuelo, me cuesta mucho creer que él y el niño de 11 años que aparece en las fotos sean la misma persona. Pero por mucho que me cueste es así, este libro nos descubre una parte escondida que al menos yo, desconocía.

Me enternece mucho, el poder conocer la relación que tuvo ese niño de 11 años con su abuelo, que aunque un poco distante por su edad y por los tiempos que corrían, siempre estaba ahí para apoyarle y consolarle. No se porque, pero me suena.

Miguel de Rojas Villavecchia